BICHOS NEGROS

Bichos negros, seres vivos muy oscuros en movimiento rápido, tan ligeros que uno es incapaz de diferenciar si se trata de una adiestrada hormiga, una crujiente curiana o el gato Paco, paseánseándose a velocidad de vértigo entre las pies de la maga. A ella no le gustan esas visiones, no le asustan pero lo cierto es que la entristecen enormemente, son augurio de una pérdida humana cercana.

Recuerda que las primeras veces se sobresaltó al creerse acompañada por alguna oscura alimaña en el madrugada, fue el tiempo y su cabeza, esa mente que constantemente y mecánicamente trabaja infatigable, la que alertó a la maga del mal augurio de las fugaces compañías. Cada vez que esto ocurría, alguien cercano dejaba el plano del ahora, siempre cercano aunque no obligatoriamente conocido o estimado.

En estos días los bichos estuvieron muy activos durante varias madrugadas, en cada una de ellas, robaron con nocturnidad y alevosía el alma de algún vecino o conocido. En ninguno de los casos fue el corona quien se encargó de aniquilarlos con su letal veneno pesado. No todos los que se van ahora lo hacen a causa de la pandemia, esa que en lugar de con una buena inversión continua en investigación se está combatiendo con aislamiento y bozales, como aquellos que todavía matan a manotazos a las moscas, habiendo venenos que las aniquilan a ellas y a nosotros…

Cada vez que alguno se nos va, tiene la maga menos pena, siente como si el que se ausenta, consigue liberarse de toda la basura terrenal, de tanta mentira, de la angustia que se genera, de su propio sufrimiento, y ella reza…

Mientras, los seres negros proliferan

El gato Paco

LA VELA DE RUDA

Hacía tiempo que no tenía una. Existen muchas pero a mi me gusta ésta y no me vale otra. Velas de ruda hay muchas y no dudo de la efectividad de ninguna de ellas, pero la mía, es ésta y volverla a encontrar, me ha hecho muy feliz, aunque también muy consciente de que si ha vuelto a mi vida, es porque la necesito, y eso… ya me preocupa…

La vela de ruda hoy quema con su llama chispeante y quebrada. Su aspecto se parece al del cielo, que hoy presenta un aspecto quebrado de grises que se debaten entre el llanto y la estrepitosa y ardiente presencia solar.

MI VELA DE RUDA CON SU LLAMA CRISPEANTE

La llama amplia denota la gran cantidad de negatividad que la alimenta, mientras que ésta pasa a la cera verde oscura, casi negra, contenedora del vertedero de la oscuridad aural, ese donde va toda esa porquería que nos amenaza.

Cuando la llama decrece nos informa que el ambiente ha quedado de nuevo limpio y equilibrado.

Leer entre crispeanteundefined, semejante a una miniexplosión, augura muchas veces un hecho traumático, una contrariedad que nos acecha. La ruda ayuda a disipar ese acoso, en ocasiones generado por nuestras propias tensiones, aunque alguna vez, resulta ser un regalo de algún parasociópataundefined o parapsicópataundefined.

Como de bien nacido es ser siempre agradecido, una broncita a mano siempre ayuda a corresponder con elegancia a los parapatapresentes…

ALMA, CORAZÓN Y VIDA

Después de la lluvia todo ha quedado limpio,  hemos renovado nuestro caldero.

En él hemos añadido el agua del cielo junto con unas gotas de aceite esencial de mirra para que nos limpie proteja, unas gotas de aceite esencial de naranja para que atraiga la felicidad a nuestro hogar, y nuestro santo del día, hoy día 5 de junio –San Bonifacio– preside la ofrenda desde el norte.

A la izquierda agua traída del Santuario de Lourdes con unas gotas de ruda para que la protección se una con la demanda. A la izquierda, en una posición suroeste, representamos a la madre tierra de una forma muy especial -tres rocas volcánicas provenientes de una caldera canaria, y que nada más recibirlas, tuve la intrepidez de bautizarlas como Alma, Corazón y Vida,

dejándome llevar por su apariencia: un cerebro, y corazón y un cuajarón de sangre. Siguiendo en círculo al pentáculo imaginario, tenemos en posición sureste una barrita de incienso de ruda, para ayudar en la eliminación de la negatividad y al noreste una vela blanca, llena de luz, a modo de ofrenda, que con una larga llama nos indica que trabaja a toda máquina para ayudar en los propósitos de alejar de nosotros todo mal y estar libres de todo terror.

 

INTRUSOS

Ayer hablaba con una gran profesional del ramo de lo paranatural -como a ella le gusta definirlo- sobre un fantástico ritual con velas.  La noté algo preocupada, me decía que hoy todo el mundo cree que sabe encender una vela.  Y yo, como soy a pesar de los pesares, que en realidad no me pesan, le contesté socarrona que la televisión en este país estaba haciendo mucho daño. Le comenté el enfado de mi amiga Marina, que en su ramo, aunque ya retirada, tenía las mismas quejas.

Ahora cualquiera sale en un programa haciendo de cualquier cosa que no es: periodista, cocinero, costurero o famosillo.  Lo de los famosillos, mi querida amiga Marina -la escort jubilada- lo lleva fatal.  Ella vivió inmersa en el mundo de los placeres desde su cuna.  Siempre recordaba a su madre, doña Marisa, que en petit comité presumía de ser la mejor prostituta de la ciudad, y de como nunca nadie supo quienes fueron los hombres que la hicieron madre.  Nadie fuera de su círculo más íntimo lo supo jamás.   Y mucho menos de su origen, que ese si que era grande, como ella decía “Yo soy de alto standing, como los edificios del Paseo de Gracia“.  Y es que ella había nacido allí.  Y quizá llevaba en sus genes es discrección, esa “clase”, que su familia biológica le debió regalar.

Yo misma, con tanto escribir y visualizar, podría ser considerada de intrusismo laboral, pero como mi afición no pasa de eso -vamos, que no hay oro ni plata de por medio- pues no levanta ampollas a ningún humano ni transhumano.  Intentar que el significado de creer no vaya más allá de opinar pone fronteras a un pensamiento que no tiene límites.  Poner una puerta al pensamiento invita a la desobediencia, a creer en lo que se ve y en lo que no, a sentir mucho más allá de lo que los músculos y la piel permiten, y volviendo de manera cíclica, mistérica e inexplicable como la primera creación de la materia previa, como ese yo que vive en mi y que solamente yo conozco.

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NO FUE HOY

No fue hoy, hace ya varios meses cuando vi caer un cuerpo envuelto en una sábana de un edificio antiguo en la zona centro de la ciudad.

Alrededor de las nueve de la noche paseaba a mi perro por la calle Mayor, esquina con Condes de Bellfort. Me asomé entre el seto, pero éste era tan espeso y la noche tan cerrada que me fue imposible investigar sobre el hecho. Nada más llegar a casa le comenté lo ocurrido a mi marido: “Acabo de ver como caía un cuerpo envuelto en una sábana en el edificio Quevedo”. Mi marido sonrió y me dijo: “Seguro que el viento ha desprendido alguna sábana del tendedero”.

Yo estaba segura de lo que había visto, estaba acostumbrados a los flashes de Guillermina que vaticinaban alguna pérdida. Eso tenía que ser un cadaver envuelto en una sábana porque si no era así, iba a ser algo muy grande.

Pasaron los días y mientras tanto rastreé la prensa y los mentideros locales, nada. No decía nada de lo que yo denominaba asesinato.

Empecé a preocuparme… si no había muerto, la cosa era muy gorda. Así fue como recibí la avanzadilla de la crisis “sanitaria”…

El típico “Con lo que está callendo” me había dicho: “La que va a caer”

FUE HOY

Era hoy o dejarlo para el próximo año. Quizá en otro momento de la vida no hubiese sido importante la decisión, pero después de todo lo pasado en estos meses, siento que no hay que dejar nada por hacer, porque quizá no hay una próxima ocasión.

Han pasado cuarenta y cuatro años, desde que un día como hoy, veintisiete de mayo, dije adiós a alguien muy importante que tuvo prisa por marcharse, lo hizo muy pronto. No me dio la impresión de que quisiera marchar y quizá por ello se resistía a entrar en aquel mausoleo vetusto y frío de Montjuich. Su hermana y yo nos agarrábamos del brazo, pese al sol de justicia presente en lo alto, sentimos frío, mucho frío.

San Agustín de Canterbury vino a acompañarlo en su penúltimo viaje. Casi a la rastra, aunque le dio un instante, ese en que las dos sentimos mucho más frío y lo vimos alejarse rumbo a la puerta del paraíso y a su paso el azul se ennegrecía a la vez que el sol se apagaba en pleno zenit.

Tubo que irse, todo lo importante, lo tenía hecho.

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